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El ojo blindado ¡Escuchemos! Destacado

18 May 2020
Imagen de la estación base 5G a 6,500 m Imagen de la estación base 5G a 6,500 m

Gran dilema se plantea a los padres de niños, adolescentes, jóvenes. Una problemática situación que se prolonga por años, que se hereda: aceptar que los hijos se transforman en una masa crítica, capaz de discernir y proyectar. Cuando cumplí 18 años volví de mi primer viaje a Brasil con una trenza de colores en el pelo, por la cual pagué unos cuantos cruzados (en Brasil la actividad económica que se genera encima de la arena ocupa puntos de PIB). Cuando regresé directo a una reunión familiar, mi padre e ídolo miró fijo a mis ojos y, sin mediar saludo, espetó: “Qué ridículo”. Tal reacción, que se movió en el tiempo —desde la adolescencia del que hoy es padre—, se proyecta en el abanico de sonoridades del mundo de la música. En pleno 2019, de acuciantes lluvias y saturada campaña política, sobrevive la confrontación entre padres y adolescentes. El reguetón y el trap ocuparon la parada, y una inmensa mayoría de padres hacen arcadas. Olvidan que en los ochenta y noventa escuchaban grunge y post punk, además de comenzar a bailar electrónica a altos decibeles mientras en fiestas y celebraciones se desencajaban escuchando cumbia villera y santafesina. Se les va del amplio espectro de la memoria que sus padres —hoy abuelos que militan a favor de adolescentes, ¡qué locura!— los persiguieron por solo escuchar la música del momento. Y es que solo se trata de eso. La industria del entretenimiento, una de las más rentables a nivel global, se renueva de forma vertiginosa. No se detiene en el afán de crear nuevos atractivos. Para lograrlo impone productos cien por ciento artificiales.

y otros que necesita buscarlos en la miscelánea movediza y constante de los guetos. Los géneros populares contemporáneos, de los últimos ciento y pico de años, se han acunado en el sentir y sonar de los barrios más pobres. Ese trajinar punzante genera un fuerte atractivo, por lo general, en los más jóvenes. Encuentran en los nuevos sonidos otra postura, diferentes lecturas respecto a lo que se habla en la mesa de la casa. Variados ejemplos Desde la historia más reciente, ciento y pocos años atrás, varios ejemplos que trasuntaron de la oscuridad nauseabunda del gueto a las principales y más luminosas marquesinas. Basta con detenerse en el tango. ¿Discutidos orígenes que no vienen al caso? ¡Sí! Pero todos están de acuerdo en que era música de burdeles, de letras lascivas, carentes de un contenido familiar. Circulaba como pólvora por los arrabales más oscuros, que se convertirían de a poco en polo de atracción de jóvenes en busca de otra cosa, de musicólogos, de músicos de otros palos, de intelectuales cansados de la etiqueta y el protocolo del salón. De hecho, el tango que bailaba el mafioso y la prostituta, el de los conventillos rioplatenses poblados de españoles e italianos que vivían en la miseria, pasó de esa tendenciosa reputación a los salones más lujosos de París. Y sus estrellas terminaron filmando en Hollywood y siendo figuras rutilantes entre la juventud. “Por tener letras atrevidas y hasta groseras y por tener un baile considerado atrevido, obsceno y amoral, el tango causaba el rechazo de la alta sociedad, esta tenía prohibido escuchar o bailar esta música, sin embargo algunas personas se sentían atraídas por el tango y bajaban a los suburbios a disfrutar del tango. También gracias a su melodía y a la recién surgida pequeña y baja clase media, el tango logró incursionar en escalas sociales más altas. Con esto la música se fue complejizando y las letras fueron refinándose, y cambiándose las letras picarescas por una poética nueva”, cuenta acertadamente el argentino Nahuel Pietrafesa, quien historia como tantos sobre este género y con gran acierto. La inmensa mayoría de esa nueva clase media de bajos recursos era formada por jóvenes ávidos por escuchar otra cosa, y a quienes la música además les servía de compañía en el trabajoso camino por hacerse lugar en una sociedad desigual. De los jóvenes atrevidos a las costosas mesas parisinas empapadas de champaña. Similar fue el camino del rock & roll. Escuchar a The Beatles o The Rolling Stones en el Reino Unido a comienzos de los sesenta era una tarea harto compleja. La aristocracia servil a la reina no lo concebía y, por tanto, la clase obrera súbdita —motor del levantamiento industrial de posguerra— tampoco lo aceptaba. Ambas bandas eran un mal ejemplo. Su música era estridente. De manera precisa lo describe el blog Llopdelblues: “La realidad es que la historia de las emisoras flotantes inglesas comenzó allá a principios de los años 60 cuando Ronan O’Rahilly, un visionario irlandés que había sido manager de los Animals, se lió la manta a la cabeza y montó en un barco Radio Caroline. Por aquel entonces la BBC no prestaba atención a la fulgurante oleada de grupos como los Kinks, los Beatles los Stones o los Small Faces y la juventud pedía a gritos pop en las ondas. Pronto surgieron emisoras en otros países de Europa, Holanda, Dinamarca, Bélgica y otros, los gobiernos de esos países intentaron por diversos medios la desaparición de estas emisoras. Entre ellas las más conocidas, Radio Carolina en Inglaterra y Radio Veronica en Holanda”. Los jóvenes de pelos largos y variados modelos de ropa, ajustada o “desajustada”, desafiaban el diario vivir porque los adolescentes y jóvenes precisaban salir del estatus reinante. Necesitaban evadir el salón de baile, saltar del formateado vals a los estadios. Se empezaba a sentir el aroma del flower power. Aquellos niños hijos de workers, adoctrinados a la escuela y el fútbol ahora eran mayores que generaban una corriente crítica mundial, casi sin precedentes, liderada entre otros frentes por la música. Inventaban receptores de radio caseros para escuchar a escondidas la música que amaban, los sonidos prohibidos. Decían, por ejemplo, “No a la guerra”. Y eso era demasiado, hasta que se volvió tan popular que negarlo fue inútil. Nacía la era rock & pop, cuna de infinitos estilos o tipos o géneros de música. En su mayoría, emergentes entre adolescentes y púberes, en los barrios donde la dialéctica del diario vivir se expresa. Sucedió con los géneros mencionados, como también con el reggae o la cumbia villera. Así se cocinó a fuego moderado el reguetón. Y, casi sin dudarlo, la dura crítica y hasta la censura (típica actitud de la sociedad cuando no sabe cómo tratar un tema). “Son letras machistas”, “no hablan de nada”, o frases cortas similares. Como si el machismo no fuera parte del diario vivir en cualquier ámbito; como si cada vez que escucháramos a una figura pública de la política o del deporte sus “aportes” nos hicieran más sabios. Figuras como Daddy Yankee o Nicky Jam pasaron de cantar entre balas en San Juan de Puerto Rico a codearse con las figuras pop que se cotizan en infinidad de ceros. Y lo hicieron a base de un arduo trabajo y de saber aggiornarse a los medios digitales. Se convirtieron en grandes estrategas. El single volvió a ser el rey del mercado. Gracias a estos nuevos ídolos, hoy una canción + un videoclip es lo máximo. Lo necesario para triunfar. Ellos son las figuras de la música de los días que corren. Como lo fueron antes Carlos Gardel y Edmundo Rivero; Elvis Presley y Chuck Berry; The Beatles y The Rolling Stones; Michael Jackson y Prince; Nirvana y Pearl Jam; Ricky Martin y Shakira. Y tantos más. Músicos y personajes poderosos que se vuelven paisajistas de los mundos que van mutando. No hace mucho, y en reiteradas ocasiones, el músico uruguayo Jorge Drexler hizo una sutil pero firme defensa del reguetón.

Con argumentos sólidos. A su hermano Diego, ex-Cursi, le escuché decir alguna vez que no se debía mirar con desprecio a la cumbia villera y sus letras, comparando su ámbito y nacimiento con la génesis del tango. Jorge le dijo al diario La Tercera de Chile, en referencia a los orígenes musicales del reguetón: “Pero claro. Ese patrón rítmico no es nuestro, ni de J Balvin, ni de Maluma, es un ritmo de África, del norte, y es maravilloso. Si no nos gusta algún tipo de canción, escribamos mejores canciones, pero no le echemos la culpa a los géneros. Abramos los brazos, que el mundo ya está bastante dividido como está”. Su comentario destila la necesidad de tolerar y siempre ir un poco más allá de lo que se ve o se escucha. Por supuesto, la industria de la música no se detiene demasiado en nada más que en el objetivo de lograr un hit. Y detrás, otro hit. La mueve una fuerza similar al mundo automotor, cuando no para hasta encontrar el modelo que más vende. Todo negocio tiene objetivos que no compartimos. Pero no hablamos de eso, sino de escuchar lo que adoran nuestros hijos, y que ellos paren la oreja ante nuestro playlist. Pero Jorge Drexler no solo se quedó en admiración, también escuchó el género. Decidió ir más allá y aportó al debate, demostrando que se dejó llevar por el reguetón: “A mí me gusta el reguetón, como género. No me gustan las canciones del reguetón, pero es un género poderosísimo, que tiene un enorme poder rítmico para generar baile y sensualidad, que me parece maravilloso. Hay que escribir buenas canciones, cosa que hasta ahora no es muy habitual… El reguetón es un gran género con muy malos compositores. Tenemos que arremangarnos y meternos a escribir en ese género y hacerlo un poquito más interesante”, expresó al diario ABC de España. Le puso la sal que faltaba al debate, reconociéndose escucha. A mí no me gustó que mi viejo me llamara ridículo. Pero, con el tiempo, le agradezco haberme legado los discos de pasta de Ray Conniff, Mercedes Sosa o Bonnie M. Sin quererlo y sin aceptar hasta hoy lo que yo escucho, generó una amplia tolerancia en mi ser. Tanto es así que desde hace varios años comparto tertulias musicales —que se dividen con el viejo sistema de dos temas cada uno— con mis dos hijos. Uno tiene 14 años, escucha rap, trap y reguetón. El otro tiene 7 y escucha todo lo que escucha el hermano, y empieza a escuchar nuevos géneros, como las batallas de rap entre personajes de videojuegos. Yo tengo 45 y casi bailo reguetón, tarareo free style de rap y sigo escuchando a Ray Conniff, Mercedes Sosa o Bonnie M. Al igual que mis hijos. Detrás de las canciones hay mucho más que una simple melodía o letras de paso, se construyen sistemas y sociedades. ¡Escuchemos!    

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